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lunes, 28 de mayo de 2012

La soledad de los ancianos.



Una historia muy triste, no hagamos lo mismo.

El anciano sentado en una banqueta, con los pies descalzos sobre las baldosas rotas de la vereda, su gorra marrón ya gastada, su bigote blanco y sus arrugadas manos sosteniendo un bastón viejo de madera, cuyo mango estaba envuelto con un trapo blanco lleno de las marcas propias del uso de años: sus pantalones que arremangados deja libres sus pantorrillas, una camisa blanca con flecos del tiempo, mal abotonada y un chaleco de lana, tejido seguramente a mano; miraba la nada, desde la precisa y envidiable perspectiva que da la experiencia.
El viejo lloro, y en su única lágrima expreso tanto, que me fue muy difícil acercarme, preguntarle, o siquiera consolarlo, Por enfrente de su casa pase mirándolo y al cambiar su mirada fijándola en mi, le sonreí y le salude con un gesto, aunque no cruce la calle; es que no me animé,  pues no lo conocía y si bien entendí que en la mirada de aquella lágrima demostraba una gran necesidad, seguí mi camino sin lograr convencerme que hacia lo correcto.
En mi camino guarde esa imagen fundida en mis recuerdos; su mirada que encontró la mía en el infinito de la nada, ese lugar donde no se encuentra mas que decepciones, ya que inmediata e imperdonablemente le había negado aquellas imperiosas respuestas.
Traté de olvidarme. Caminé rápido, como escapándome. Compre un libro y al llegar a casa comencé a leerlo, esperando que el tiempo borrara esa presencia... "Los viejos no lloran así por nada", me dije.
Esa noche me costo dormir, pues la consciencia no entiende de horarios,y decidí que a la mañana del día siguiente volvería a la casa, y conversaría con el, tal como entendí me lo había pedido; y luego de vencer mi pena, logré dormirme. Muy temprano desperté aquel día y como si fuera hoy, recuerdo, prepare un termo de café, compre panecillos y muy deprisa fui a la casa, convencido que tendríamos mucho para conversar.
Golpee la puerta, y una voz muy rasposo me indicaba que en segundos seria atendido. Luego de abrir, con el necesario esfuerzo para que las rechinantes bisagras cedieran. Salio otro hombre.
-¿Que desea?-Pregunto, mirándome con un gesto adusto.
-Busco al anciano que vive en esta casa.-Conteste.
-Mi padre murió ayer por la tarde- Dijo entre lágrimas.
-¡Murió!-Dije decepcionado. Las piernas se me aflojaron, la mente se me nubló y los ojos se me humedecieron.
-¿Usted quien es?- Volvió a preguntar.
-En realidad nadie -Conteste y agregue- Ayer pase por la puerta de su casa y estaba su padre sentado, vi que lloraba y a pesar de que lo salude no me detuve a preguntarle que le sucedía, pero hoy volví para hablar con el, aunque veo que es muy tarde.
-Usted es la persona de quien hablaba en su diario. - dijo.
Extrañado por lo que me decía, le mire pidiéndole que me explicara.
-Por favor, pase- Me dijo aun sin contestarme.
Luego de servir un poco de café, me llevo hasta donde estaba su diario, y leyó algo de la ultima hoja.
-"Hoy me regalaron una sonrisa plena, y un saludo amable... hoy es un día bello".
Tuve que sentarme, fue difícil de digerir aquello. Me dolió el alma de solo pensar lo importante que hubiera sido para ese hombre que yo cruzara esa calle.
Me levante lentamente y al mirar al hombre le dije:
-Si yo hubiera cruzado de verdad y hubiera conversado unos instantes con su padre...
Pero me interrumpió y con los ojos humedecidos de llanto me dijo:
-Si yo hubiera venido a visitarlo al menos una vez este ultimo año, quizás su saludo y su sonrisa no hubiera significado tanto.

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